Por: Soledad Jarquín Edgar

¿Quién asume en nuestro país la responsabilidad por la desaparición de 32 mil 280 personas en México, entre 2007 y el último día de agosto de 2017? Nadie.

Este hecho concreto, como la violencia contra las mujeres, se asume desde una comodidad escalofriante, tanto por la gran mayoría de la sociedad mexicana como por quienes gobiernan el país; la misma comodidad escalofriante con la que actúo el perpetrador de #MaraCastilla.

Quienes denuncian, a través de organizaciones, las propias familias de las víctimas e investigaciones como lo han hecho Anabel Hernández y Guadalupe Lizárraga, son perseguidas por el sistema de gobierno y reciben de la sociedad indiferencia. ¿Es humano acostumbrarnos a la violencia?

A las marchas contra el feminicidio, como en el caso de la joven estudiante Mara Fernanda Castilla Miranda, convocadas por grupos feministas en el país, acuden las feministas, y aunque son numerosas, el resto de las personas solo observan porque cada uno de estos lamentables hechos siguen permeados por estereotipos que culpabilizan a las víctimas y porque seguimos creyendo a pie juntillas que desaparecer y ser asesinadas es un asunto que le pasa a quienes asumen conductas fuera de sus mandatos de género.

En días recientes, al presentar en Oaxaca el libro La verdadera noche de Iguala (Ed. Grijalbo 2016), la periodista Anabel Hernández llamó a las y los informadores de este país a analizar quiénes son estas víctimas de la desaparición forzada en México. Llamado que se ha hecho incansablemente desde el periodismo de género para mirar a profundidad a las víctimas de la violencia feminicida, pues solo de esa manera se va a despejar la idea de juzgar desde la comodidad que provoca indiferencia social y de la omisión, que provoca impunidad, por parte de quienes nos gobiernan. Un ejemplo de ello es la insistente respuesta de los elementos de policía ¿Segura señora que su hija no se fue con el novio?

Desde el gobierno de Felipe Calderón se habla de víctimas colaterales de la delincuencia organizada y se ha filtrado en el imaginario colectivo la presunción de culpabilidad de las víctimas, aún más que de los victimarios. Pensar que cada personas asesinada o desaparecida en este país tenía vínculos con la delincuencia es un principio equivocado que refuerza la impunidad, en tanto cada expediente que se abre en busca de “justicia” no pasa de la publicación estereotipada en la prensa, después viene el olvido, en tanto en la colectividad la idea permea, seguro que estaba metido en el crimen organizado, seguro que le encantaba la fiesta y “andaba de putita”.

Creer que las mujeres no deben salir solas en la noche, usar un “putivestido” como se escribió un misógino comentario en redes sociales; por beber igualito que los hombres, por no estar en su casa en la madrugada y otras muchas, es dar patente de corso al machismo, a la misoginia, al feminicida. Es justificar la desigualdad que existe entre mujeres y hombres. Uno de los muchos tuits machistas, que destaca El País en una nota informativa (goo.gl/UNLrFS) y que justifica la violencia pero que resume como se piensa en este país es: “Lamentable caso pero cosas pasan cuando mezclas, imprudencia, madrugada, alchol (así lo escribió), sueño, sola, putivestido y chofer enfermo” y otro que dice que “Si juegas con fuego te quemas”.

Lo cierto es que a ella le coartan su libertad, su derecho constitucional a una vida libre de violencia, ¿así dice la ley no? Y a él lo justifican como un enfermo, cuando en realidad es un producto del patriarcado. No está enfermo, es un macho peligroso como tantos otros que abundan más de lo que podríamos desear.

Ello confirma que gobierno no ha hecho su tarea ni el intento siquiera para desestructurar la idea de que las mujeres deben estar dentro de su casa o de lo contrario se expondrán a la violencia patriarcal-machista- de género. No existe, ni ha existido campaña alguna de prevención y lo que hay son esfuerzos aislados de las mujeres, cada quien como puede hace lo que puede. En este país están regadas las ideas, pero no germinan por muchas otras razones, además de la ideología patriarcal.

Ya lo demostró Guadalupe Lizárraga en su libro Las desaparecidas de la Morgue (Ed. Casa Fuerte 2017), que estudia el caso de las niñas, adolescentes y jóvenes desaparecidas en Ciudad Juárez, Chihuahua, donde se explica que no se requiere el manto oscuro de la noche para desaparecerlas, porque un importante número de ellas desaparecen a plena luz del día, frente a todas las personas y en el centro de aquella ciudad.

Y esa condición de vulnerabilidad para las mujeres frente a los victimarios, que ven a las mujeres como objetos, se pueden identificar en comentarios sexistas en redes sociales que se emitieron tras el asesinato de la estudiante de Ciencias Sociales, Mara Fernanda Castilla Miranda. Comentarios que revelan la misoginia que justifica la violencia contra las mujeres y que da al perpetrador permiso para hacer con las mujeres lo que se le venga en gana. “Ideas” que perpetúan la desvalorización de las mujeres, que actúan como agentes de discriminación, y que se repiten en reuniones familiares, en los programas de radio, de televisión y claro en los medios impresos, y que muchas veces siguen plasmadas en documentos oficiales y en el actuar de todo aquel que tiene el poder de la opinión pública, garantizado por las múltiples omisiones institucionales en que incurren todos los gobiernos, desde los municipales hasta el gobierno federal.

Hay mucho trabajo por hacer en México y en el mundo para terminar con la desaparición de personas, pero en específico en el caso de las mujeres, lo más importante es desestructurar esta concepción de desigualdad entre mujeres y hombres, que favorece la impunidad, porque como dicen las feministas jóvenes ¡Nos están matando! Sí, nos están matando. El asesinato de Mara Fernanda, ya lo han explicado, es emblemático. El proceder del perpetrador es simplemente inadmisible, aunque está detenido, actúo con todos los agravantes para cometer su crimen, confiado en que nadie lo iba a molestar. Su detención por el feminicidio de Mara se logró gracias a que fue grabado por las cámaras de la zona donde la joven vivía y las del motel donde cometió el crimen, es decir, fue meramente casual.

Con información de medio aliado: