Por:Natalia Vidales

En algunos círculos del tricolor se maneja la idea de que conservarán la Presidencia de la República de cualquier manera y a cualquier precio. Y también algunos ciudadanos piensan que el PRI-gobierno no dejará el poder tan fácilmente si se ve aventajado rumbo a las urnas.

Como siempre, el PRI realizará la mejor de las campañas posibles, para intentar ganar a la buena (lo hacía incluso en aquella época en que ya se sabía de antemano que ganaría la elección y aun cuando, como sucedió en 1976 José López Portillo recorrió en solitario todo el país como candidato único), pero igual tendrá bajo la manga el sinfín de recursos lícitos, o no, para asegurarse el triunfo.

Ya parece, dicen algunos, que el PRI dejará el mando con aquella facilidad con que en el año 2000 el presidente Zedillo reconoció el triunfo de Fox adelantándose al final de los resultados, e impidiendo así la alquimia electoral de último minuto para darle el gane a Labastida.

Porque ahora las cosas son muy diferentes con Peña Nieto, un priista de armas tomar para mantener a su partido en Los Pinos (ya demostró de lo que es capaz en la elección del Edomex), en contraste con Zedillo, cuya cédula de inscripción en el PRI era solo testimonial y que no quiso ensuciarse las manos con un fraude electoral más. De Peña Nieto, en cambio, se advierte que meterá las manos hasta los codos antes de dar su brazo a torcer: muy pocos se imaginan la escena de verlo entregándole la banda tricolor a López Obrador, en el peor de los casos; o a Anaya en el menos malo. Y en cambio se vería muy natural la sucesión a favor de José Antonio Meade.

Y es lógico pensar que tras el gobierno actual pleno de logros del presidente Peña en materia de inversión extranjera, de reserva de divisas, de empleo, de control de la inflación, del incremento del salario en términos reales, y de la implementación de las reformas educativa, energética y fiscal, sólo por mencionar las que más presume el régimen, se los entregara en bandeja de plata a quien –según esto, lo dilapidaría, en el caso de AMLO, o no daría el ancho para continuarlo, según se dice de Anaya–.

Los candidatos de la oposición se esmeran en sus discursos de campaña, como si viviéramos en un país civilizado, para convencer a más votantes para ganar la Presidencia, pero aquí en México la compra de votos y la alquimia electoral suele hacer la diferencia entre ganar limpiamente o lograr un triunfo espurio, pero triunfo al fin.

El 2012 el Tribunal Federal Electoral determinó que hubo compra de votos y gastos por encima de lo legal en las elecciones presidenciales (lo mismo sucedió en el Edomex en el caso de la gubernatura este año), pero no lo suficiente para anular las elecciones. Las urnas, pues, sólo estuvieron “un poquito embarazadas”.

El PRI recuperó la Presidencia en 2012 tras dos sexenios fuera de Los Pinos, y no permitirá que eso vuelva a suceder, por ningún motivo. No, desde luego, con aquella amenaza de Fidel Velázquez de que el tricolor había llegado al poder por la vía de las armas, y que sólo con las armas lo perdería. Pero sí lo hará con otras formas modernas y más sutiles, pero igual de efectivas.

Aunado al éxito de las campañas para la obtención de votos, es menester blindar a las elecciones de las trampas y los fraudes del PRI. No solo con el fortalecimiento de los órganos electorales –que también suelen ser penetrados por la delincuencia electoral– sino por la mayor de las provisiones y previsiones para evitarlos o documentarlos lo suficiente para lograr, en su caso, que los defraudadores no puedan salirse con la suya.

No parece que los partidos y los candidatos de la oposición estén debidamente preparándose para lo anterior –por el contrario todo indica que el PRI está muy aplicado en lo suyo–, cuando los vemos tan contentos y confiados en sus campañas suponiendo que se trata de simplemente obtener más votos de los ciudadanos, como si no hubiera tantos ejemplos de que eso no es suficiente, por absurdo que parezca.

Con información de medio aliado: